Candelaria estaba triste, tal vez nadie lo notaba ya, era un estado de ánimo permanente. A su edad, ella ya se veía más vieja que cualquiera de su generación. Su mirada siempre perdida en alguna de las paredes de su casa. Para Candelaria el tiempo no significaba nada. Salvo que sus hijos crecían a un ritmo incontrolable, algunos más rápido que otros. Aunque todos terminaban por irse, siempre había a quien cuidar. Ella, con su voz tranquila, aprendió a sonreír con los años, de pronto la edad le había traído el regalo de la sonrisa. Aunque con pena, por sus pocos dientes, cada vez es más frecuente que le muestre su sonrisa al viento.
Candelaria abandono muy rápido su niñez. Fue mujer de alguien antes de que se diera cuenta. Y madre antes de llegar a los 18. Como casi todas las mujeres de su tiempo y de los tiempos antiguos y de los venideros, Candelaria estaba destinada a cuidar hijos. Pronto se dio cuenta de que los hijos no eran trabajo fácil, y que de una o de otra manera debía hacerlos crecer y madurar.
Candelaria disfruta y padece su libertad, pero por lo menos tiene a su alcance esos pequeños placeres de la vida, un café caliente, unos frijoles bien hechos, una mirada infantil. A pesar de toda la vida acumulada, de las tristezas y desesperanzas, ella nos regala su recatada sonrisa, su triste mirada y su infinita presencia.
Azul
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