Mi abuela apareció en mis sueños,
tal como era en mis recuerdos de infancia, con sus largas trenzas salpicadas de
canas y amarradas con listones negros, esos listones viejos. Ella con sus años
encima era fuerte como un roble, de caminar rápido, siempre con un oído fino.
Cuando ella me miraba, la mayoría de las veces no sabía descifrar sus
pensamientos, después comprendí que había vivido mil vidas y sus ojos no eran
más que el reflejo de las almas que había tocado con sus sabias manos. Ella mi
ilusión, mi raíz, mi centro, mi desierto y mi mar, mi abuela. Ella se presentó
frente a mí y yo desde el suelo quede impávida ante su presencia, de pronto detrás
de mí surgió mi madre sorprendida por la escena. Mi madre tomo con sus blancos
brazos a mi abuela para abrazarla, en ese momento doña Ester nos sorprendió a
todos y comenzó su transformación. Mi abuela, esa vieja sabia, cambió su forma
mientras mi madre la sostenía, y de la nada la juventud rebozo de nuevo en ella,
su piel morena marcada por los años se volvió tersa de nuevo, sus delgadas
trenzas ahora eran una lisa y abundante cabellera negra y sus cansados y fríos
huesos mutaron a la representación perfecta de vitalidad.
Entre los brazos de mi madre
estaba su madre. Las lágrimas de ambas caían una a una al suelo y parecían un
arroyo fluyendo. La pequeña corriente de lágrimas llegó hasta mí y mojé la
punta de mis pies, mientras mi abuela que más bien parecía mi hermana
desaparecía lentamente de los brazos de mi madre para volverse etérea, al mismo
tiempo era agua, viento y nada.
En ese momento volví al mundo
real, sentí las sabanas y trate de abrir los ojos, con la sensación de que ella
me miraba y quería que yo la mirara a ella de nuevo.
Azul