Quisiera ser colombófila para que mis pensamientos llegarán a tus ojos surcando los cielos. ¡Adiós paloma negra, dile que le quiero! Alba
viernes, 18 de enero de 2019
lunes, 14 de enero de 2019
Vida y muerte
La humedad de aquella tierra sube poco a poco desde la punta de los pies hasta los ojos y los llenan de lágrimas. Al mismo tiempo, uno trata de calentarse el cuerpo con un poco de oloroso café o tal vez un té de frutas, líquidos humeantes que calman el alma y nos hacen olvidar por un breve instante el motivo de la reunión. Sin embargo, el frío hace de las suyas y los sentimientos vuelven a brotar, unos intentan fijar su atención en la conversación del otro, quizás en las brasas bajo las ollas repletas de sabores caseros; mientras una de las tías mueve incensacentemente el contenido de una cazuela llena de gotas de ajonjolí y chile colorado que servirán de consuelo para los más agobiados; más allá los platos repletos de sabrosas papas comienzan a circular, ¡Que nadie se quede sin comer! Qué la espera es larga y tendremos que amanecer acompañando. Manos femeninas apuran los diversos guisos y se mueven con la cadencia milenaria de los riachuelos que cruzan las verdes lomas. Las voces masculinas se prestan para cualquier contingencia, porque la espera será larga, pero la presencia es importante. No falta el aguardiente para calmar las gargantas secas por la pena, alcohol que quema las ganas de llorar por el recuerdo del aquel que recién ha partido.
Vamos a recibir a los que van llegando con sus ofendas de amor, vamos a convidar el pan, vamos a compartir el rezo y las palabras de aliento. Hasta las estrellas hacen acto de presencia, la bóveda celeste nos recuerda nuestro lazo con el universo y el destino final de la vida en la tierra.
Y así las horas pasan, hasta que, a pesar del agotamiento, llega la mañana y el sol nos somete a un nuevo día, al momento de la despedida final, al retorno a la tierra. Uno a uno se realizan los ritos, las cruces, las monedas, la ceniza, el agua bendita, todos los que quisieron al fallecido le dedican un momento frente a frente, palabras, lágrimas, lamentos y largos pensamientos. La procesión comienza y llegamos a la última morada, dónde todo está preparado, los sollozos no se hacen esperar y se mezclan entre las manos y las sonrisas de los niños, cruzan todos los caminos, penetran en la tierra y la hacen reblandecer, la preparan para recibir un cristiano más. Así las ánimas nos rodean y nuestros pechos se envalentonan para dar el último paso de esta jornada,
¡adiós padre, adiós abuelo, adiós compadre, adiós tío Juan, buen viaje, algún día nos volveremos a encontrar!
Mientras tanto mi abuela acaricia sus trenzas y anima a su hijo a ir con ella, pasa sus manos morenas sobre los rostros de sus hijos e hijas aún vivos y se regocija con los olores de los frijoles negros con ajonjolí y cilantro y de alguna manera todos entendemos la instrucción, debemos comernos nuestra pena. Mi abuela y mi tío se desvanecen con el viento y nosotros compartirnos el chile y el maíz.
A cada taco, a cada bocado, a cada sorbo, las lágrimas se secan y la pesadez parece menor. Las manos se estrechan, los abrazos se reparten y nos damos un hasta luego. La familia es familia y el amor por la vida permanece.