lunes, 16 de octubre de 2017

Tierra nueva

Una puede amar una tierra distinta como si fuese suya, cuando al quitarse los zapatos que oprimen los pies, roza descalza la ternura del verde pasto extranjero como propio o frota la arena entre los dedos desnudos. En ese momento una energía jamás sentida recorre de punta a punta el cuerpo de la forastera y se concentra en el corazón. Ahora amará sin tapujos esos colores y sabores que antes no comprendía y se siente una misma con el lugar que antes era extravagante para sus sentidos. Ya no hay vuelta atrás, ella adorará a esta tierra desde sus entrañas. Y su gente, antes ajena se vuelve suya, se hermana y fraterniza con sus ilusiones y desesperanzas. Porque la gente es gente dondequiera y el amor, amor donde sea. Su corazón se desborda por esa tierra, por ese suelo nuevo a sus pies, por la espesa selva, la maravillosa guacamaya, por el sol sureño, por las nuevas tonaditas de voces caribeñas, urbanas y rurales, por el mar, el inmenso y esplendido mar que recibe a propios y extraños con los brazos abiertos, con la tibieza y calidez del corazón venezolano.

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