Una puede amar una tierra
distinta como si fuese suya, cuando al quitarse los zapatos que oprimen los
pies, roza descalza la ternura del verde pasto extranjero como propio o frota
la arena entre los dedos desnudos. En ese momento una energía jamás sentida
recorre de punta a punta el cuerpo de la forastera y se concentra en el corazón.
Ahora amará sin tapujos esos colores y sabores que antes no comprendía y se
siente una misma con el lugar que antes era extravagante para sus sentidos. Ya
no hay vuelta atrás, ella adorará a esta tierra desde sus entrañas. Y su gente,
antes ajena se vuelve suya, se hermana y fraterniza con sus ilusiones y
desesperanzas. Porque la gente es gente dondequiera y el amor, amor donde sea.
Su corazón se desborda por esa tierra, por ese suelo nuevo a sus pies, por la
espesa selva, la maravillosa guacamaya, por el sol sureño, por las nuevas
tonaditas de voces caribeñas, urbanas y rurales, por el mar, el inmenso y
esplendido mar que recibe a propios y extraños con los brazos abiertos, con la tibieza
y calidez del corazón venezolano.
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