miércoles, 9 de octubre de 2019

Un sueño de mi madre

Las gotas de rocío recorren alegres, al compás del viento, los verdes caminos que llevan a todos lados partiendo desde la casa. A pesar de la oscuridad sé que esas gotas se mueven porque han tocado mi cara, y refrescan está hermosa noche. Si uno se queda callado un momento, puede escuchar a los grillos y las cigarras, pero también las pláticas. Doña Esther ha decidido cenar afuera, en una gran mesa al lado de algunos de sus hijos y sus nietos. Se le escucha feliz, dando algunos consejos sobre la importancia de secar el café antes de que la lluvia haga estragos, además da algunas indicaciones sobre comprar algunos guajolotes para su santo. Ella hará su tradicional mole, y como todos los años, llegarán sus hijos e hijas con sus familias, comadres, vecinas y todo aquel que se sienta allegado a ella. Por su oficio de partera, yerbera, vendedora y ama de casa, mucha gente la conoce y seguro querrá pasar a saludarla y darle el abrazo. Ella ya tiene una lista hecha: además de los guajolotes, hay que sacar la enorme cazuela para lavarla, comprar chile y chocolate, porque está vez no quiere que sea tan picoso, pa' que los niños también coman.
La conversación continua, mientras la luna se sitúa en lo alto del cielo, me he quedado en la puerta contemplando el momento, de pronto me interrumpe el sonido de las brasas, los frijoles chorrean, debo atizar la lumbre para calentar el café y luego unirme a la mesa junto a doña Esther.
Por la vereda se acerca Bertha con su enorme sonrisa cargada con un poco de leña, la siguen un par de chiquillos de rostros alegres, todos quieren cenar. La cocina se llena de anécdotas, mientras afuera la mesa retumba de carcajadas, pronto todos nos vamos a descansar y la tan ansiada plática con Esthercita ya será para mañana.

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