Una ofrenda de amor al prójimo y al mismo rey sol oculto entre rizos y barbas, flores para la Coatlicue que se encuentra detrás del manto azul de la virgen europea, pozole como representación de los vencidos hechos alimento divino. Manos artesanas que hacen de las raíces y hojas un arco digno de dioses, el cual deberá ser cargado y empotrado por súbditos, ciegos pero amorosos, en busca de redención para la fatigosa vida.
Festejos por el martirio sufrido, por la historia divina de una civilización que murió para redimirse, tal cual lo hizo el hijo del hombre según cuentan las escrituras. Baile y danzas en un mismo sitio, voces vivas cantando al unísono versos desgastados en un intento por ser escuchados por su creador. La serpiente emplumada recorre lentamente el alfombrado pueblo, mientras los niños sostienen la moneda que les dará acceso a una emoción más. Lluvia ligera entre los cabellos de las ninfas que se dejan seducir por los relucientes y falsos tesoros en cada puesto. Aromas de atole y café inspiran a los viajeros a probar y llenar los estómagos con manjares y sabroso pan.
Noche de fiesta ante una imagen violenta y cruda, pero a nadie le da terror sino esperanza de que todos los pecados serán perdonados de una vez por todas. Fiesta, comida, baile, vida y el sueño interminable de tomar la mano de la muerte y llegar a la tan deseada gloria.
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