Parece que no hemos podido dar el salto. Nos hemos quedado enredados en las cadenas que tanto repudiamos. ¿Cómo es que ha pasado esto? ¿No es suficiente toda la experiencia acumulada en nuestras generaciones para poder aprender? ¿Qué pasa con nuestra forma de ver el mundo?
La abuela sufrió mucho, era una de esas mujeres recias con un buen carácter curtido por la vida. Pero no dejaba de elevar sus plegarias al cielo por el destino de cada uno de sus hijos y sus nietos, decía ella. Sentía que no le quedaba más que un simple suspiro al aire, esperando que Dios cumpliera su parte del trato, bendecir y cobijar a su parentela. Tal parece que no ha sido así. Ojala que me equivoque.
Sus trenzas eran símbolo de la niñez rápidamente pérdida tras el rapto de mi abuelo. Tal hecho fue como una maldición para las mujeres de la familia. También para los hombres. Todos los retoños fueron forzados a crecer rápidamente, por lo que parece que las raíces no son tan fuertes.
Y nuestra fuerza terrenal fue transquiversada por la pobreza y la ignorancia, los hijos crecidos a golpes y malos tratos tuvieron que salir del seno familiar a buscar que comer. Las mujeres seguían el mismo ejemplo que su madre y tías, el destino final es ser guía de tu propia familia y para ello tendrás que encontrar un esposo, aunque sea debajo de las piedras.
¿Dónde queda el derecho a ser hombre o mujer, ciudadano, persona? El trabajo era más bien visto como obligatorio en un suelo que aunque fértil, no alcanzaba para dar de comer. A trabajar, a salir, ¡A traer dinero para la casa! Y el disfrute, será pa otro momento. Los buenos recuerdos son pocos, pero valiosos.
Y la madre con las hijas, a las labores del hogar, que de eso no saben los hombres y a veces ni los hijos varones. Y la violencia a todo lo que da. Porque eso sí, los madrazos y palizas eran la única manera de sacar la tristeza y la impotencia de quedar encerrado en ese espacio tan pequeño, incomprendido y sin poder ser más que el pobre peón o campesino o la esposa desdichada, los hijos e hijas mal paridas. Heridas marcadas no solo en el cuerpo, sino en el alma.
¡A casarse pues, que no hay otro camino! Si mi abuela supiera que aún no me he casado por la iglesia, que no pienso hacerlo. Que no tengo hijos, y que no estoy segura si los tendré. Que no me gusta hacer el quehacer de la casa, me gusta mejor leer un buen libro. Que a esta edad aún isgo estudiando. Que discuto en la escuela y critico duro al ser humano. Que me gusta el trago, y divertirme, pero nunca huyo de mis responsabilidades. Que aborrezco el machismo sobre todo de mi propia familia. Que quisiera que mis primas y primos y sobrinas y sobrinos conocieran el mundo, que vieran lo grande que es. Que he perdido a mi hermana, pero no lanzo plegarias porque trato ver más allá del simple hecho.
¿Qué diría mi abuela si supiera…? Que ahora la extraño más que antes. Que me arrepiento de no haberla escuchado más. Que admiro a mi madre. Que me gusta cocinar, aunque renegué mucho tiempo. Que gracias a ellas, a mi madre y a mi abuela, sé que tengo un pasado y que no necesité un padre, ellas me bastaron. Que trataré de abrirme camino para honrar su memoria. Que necesito un abrazo de mi familia y sentirme identificada con ellos. Que adoro a mis tíos por más ásperos que sean. Que estoy orgullosa de ser Ortiz Contreras.
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