lunes, 14 de diciembre de 2015

Me lo contó mi abuela De Roxmy Ortiz el martes, 27 de septiembre de 2011 a las 0:15

Les voy a contar lo que me conto mi abuela varias ocasiones y que siempre escuche con mucho gusto, pero que solo entendí cuando fui creciendo.
Se trata de la historia de cómo mis abuelos formaron la familia que ahora es un montonal de personas que llevan un poco de las trenzas de Doña Esther y de la altura de Don Nereo.
Resulta que por aquellos tiempos, que yo me imagino que fueron a principios de los años veinte. Mi abuela era la más pequeña de seis hijos, quien a muy corta edad tuvo la oportunidad de escuchar los estruendos de la revolución, que hacían estremecer a su madre. A pesar de estar en el monte, lejos del pueblo donde había nacido.
Al parecer mi bisabuelo (de quien no recuerdo el nombre), un hombre grande y barbón (como lo describía mi abue), se desaparecía por largas temporadas después de que los llevó a refugiarse a aquel lugar lejos de la guerra y de los hombres malos que se robaban a las chamacas para hacerlas mujeres y a los chiquillos para enfilarlos en sus tropas. Un día en que lo esperaban, su padre nunca apareció, así fue como la familia se quedo huérfana de padre y a cargo de la matriarca.
Cuando regresaron al pueblo vieron su casa había sido saqueada por los indios (un término que mi abue usaba, y que me hace creer que descendía de algún tipo de linaje), y que las bolsas de oro que habían escondido en los cajones de la máquina de coser desaparecieron. Mi abuela me contó que a partir de ese momento la vida se hizo muy dura y sus hermanos y hermanas mayores se fueron poco a poco de la casa hasta dejarlas solas. Aunque al principio parecía que solo salían a trabajar, con el tiempo tampoco regresaron.
El alcohol fue uno de los refugios de la madre de mi abuela, pero este vicio le dejo mayores restricciones a Esthercita, quien tuvo que hacerse cargo de los quehaceres de la casa y cuanto mandando hubiera que hacer.
Mi abuela creció y cumplió los doce años, con una vida llena de golpes y privaciones. Ella me contó que tuvo que aprender a moler desde muy chica, porque un día de tantos su madre se cayó, se quebró la mano y nunca quedo bien. Esthercita se hizo cargo de todo aquello que la mano mullida de mi bisabuela no podía hacer.
Un día, mientras ella iba al mandado, sintió la mirada penetrante de un muchacho, pero ella no sabía porque la miraba, de todos modos, en esos tiempos, los hombres y las mujeres no tenían mayor acercamiento. No estaba permitido.
Mi abuela jamás se tardaba más de lo acostumbrado en ir por los mandados, porque era regaño seguro y si los humores no eran adecuados hasta paliza. Así que no hizo mucho caso y regreso a casa.
Otro día, en otro mandado distinto una de sus primas (no sé quien es), la paro en el camino y le contó que ella le gustaba a un muchacho, pero mi abuela lo único que quería era regresar a casa, pues sabía que las consecuencias de su tardanza podrían ser muy malas, sin embargo la prima no cedió y el muchacho apareció. El tiempo nunca paró y ella tenía mucho miedo de regresar porque sabía lo que pasaría, así es que ante la insistencia del muchacho (cinco años mayor que ella) y el miedo en pensar en su madre. Esther de apenas 12 años TUVO             QUE CEDER  e irse con aquel muchacho que le prometió que con él estaría bien, llorando durante todo el camino de más de dos días, se alejó de su pasado y entro a su nueva vida....

No desesperes, la historia continua....


Rosalba M. Ortiz

No hay comentarios:

Publicar un comentario