Les voy a contar lo que me conto
mi abuela varias ocasiones y que siempre escuche con mucho gusto, pero que solo
entendí cuando fui creciendo.
Se trata de la historia de cómo
mis abuelos formaron la familia que ahora es un montonal de personas que llevan
un poco de las trenzas de Doña Esther y de la altura de Don Nereo.
Resulta que por aquellos tiempos,
que yo me imagino que fueron a principios de los años veinte. Mi abuela era la
más pequeña de seis hijos, quien a muy corta edad tuvo la oportunidad de escuchar
los estruendos de la revolución, que hacían estremecer a su madre. A pesar de
estar en el monte, lejos del pueblo donde había nacido.
Al parecer mi bisabuelo (de quien
no recuerdo el nombre), un hombre grande y barbón (como lo describía mi abue),
se desaparecía por largas temporadas después de que los llevó a refugiarse a
aquel lugar lejos de la guerra y de los hombres malos que se robaban a las
chamacas para hacerlas mujeres y a los chiquillos para enfilarlos en sus
tropas. Un día en que lo esperaban, su padre nunca apareció, así fue como la
familia se quedo huérfana de padre y a cargo de la matriarca.
Cuando regresaron al pueblo
vieron su casa había sido saqueada por los indios (un término que mi abue
usaba, y que me hace creer que descendía de algún tipo de linaje), y que las
bolsas de oro que habían escondido en los cajones de la máquina de coser
desaparecieron. Mi abuela me contó que a partir de ese momento la vida se hizo
muy dura y sus hermanos y hermanas mayores se fueron poco a poco de la casa hasta
dejarlas solas. Aunque al principio parecía que solo salían a trabajar, con el
tiempo tampoco regresaron.
El alcohol fue uno de los
refugios de la madre de mi abuela, pero este vicio le dejo mayores
restricciones a Esthercita, quien tuvo que hacerse cargo de los quehaceres de
la casa y cuanto mandando hubiera que hacer.
Mi abuela creció y cumplió los
doce años, con una vida llena de golpes y privaciones. Ella me contó que tuvo
que aprender a moler desde muy chica, porque un día de tantos su madre se cayó,
se quebró la mano y nunca quedo bien. Esthercita se hizo cargo de todo aquello
que la mano mullida de mi bisabuela no podía hacer.
Un día, mientras ella iba al
mandado, sintió la mirada penetrante de un muchacho, pero ella no sabía porque
la miraba, de todos modos, en esos tiempos, los hombres y las mujeres no tenían
mayor acercamiento. No estaba permitido.
Mi abuela jamás se tardaba más de
lo acostumbrado en ir por los mandados, porque era regaño seguro y si los
humores no eran adecuados hasta paliza. Así que no hizo mucho caso y regreso a
casa.
Otro día, en otro mandado
distinto una de sus primas (no sé quien es), la paro en el camino y le contó
que ella le gustaba a un muchacho, pero mi abuela lo único que quería era
regresar a casa, pues sabía que las consecuencias de su tardanza podrían ser
muy malas, sin embargo la prima no cedió y el muchacho apareció. El tiempo
nunca paró y ella tenía mucho miedo de regresar porque sabía lo que pasaría,
así es que ante la insistencia del muchacho (cinco años mayor que ella) y el
miedo en pensar en su madre. Esther de apenas 12 años TUVO QUE CEDER e irse con aquel muchacho que le prometió que
con él estaría bien, llorando durante todo el camino de más de dos días, se
alejó de su pasado y entro a su nueva vida....
No desesperes, la historia
continua....
Rosalba M. Ortiz
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