viernes, 28 de marzo de 2014

Huele a aire de pueblo... (Venezuela, 28 de junio de 2010)

Huele a aire de pueblo. Como cuando uno camina entre los árboles, sobre la terracería y va tropezando con las piedras de un sendero formado por los años. Pisadas suaves, esperando que el viento pase sin soplar y levante los cabellos.
El olor no es uno, es una mezcla entre hojas, humedad y café. Si, café molido en el hervor del agua, fusión que provoca los sentidos, esencias que inundan el ser, como si en ese instante te acabaras de levantar, cuando comienzas la mañana feliz por estar en ese lugar. Si te descuidas, puedes sentir la tierra húmeda bajo los pies, y por la ventana observar la vida reflejada en interminables matices de verde, en formas de aspectos extraños y conocidos que se mueven constantemente con las gotas de rocío.Tiene un aire a pueblo. Porque ya he estado ahí, ya he tenido el placer de amanecer en la frescura del sereno, tanto como hoy.En la mañana muy temprano, me levanto con un poco de esfuerzo, porque la costumbre me ha llevado a estar en la seguridad de mi cama. Pero hoy abrí los ojos y de un salto me incorporé.Lo primero que hice fue caminar hacia la sala, tan bien acomodada que puedes encontrar un espectáculo matutino. Que delicioso es comer con los ojos, antes que con el estomago. Es una fuente de inspiración lo que aguarda delante de mí.Frente a mis cabellos desaliñados y mi improvisada pijama, tenía el más hermoso verde que se imponía en redondas y suaves formas. Curvas dóciles que hacen pensar que alguien las ha puesto ahí a propósito. Tal vez las pintaron en un acto de redención. De entre ellas, surgen pequeñas cajas grises alargadas, pero quedan totalmente opacadas por la belleza extraordinaria del escenario natural donde fueron impuestas.La mañana es fresca, pero no tengo frío. Podría quedarme horas disfrutando. El paisaje presenta cada vez más detalles. Ahora los distingo, son casas, autos, carreteras, edificios de todos los tamaños, entre más lejos, más irreales, sobre todos aquellos que están en lo alto de los cerros. Parecen un fuerte. Se ven en el horizonte como guardianes que se funden con el cielo azul, en momentos opacado por las nubes pasajeras que parecen correr.De pronto una jugarreta. Como si el pintor detrás de esta maravilla, quisiera guardarse para sí la más bella de las imágenes. Esas nubes lo ayudan, y corren más aprisa, ayudadas por el viento. Ahora lo han cubierto todo. El ambiente ya no es brillante, sino húmedo. Tan húmedo que me recuerda más y más al aire del campo. Esas mañanas de frijoles refritos y tortillas calientes.Ahora solo puedo ver a muy corta distancia. Al mismo tiempo alguien me regala un té. Tan apropiado en estas circunstancias. Y de pronto se inaugura una estimulante conversación. Es una acompañante que ha decidido, sin querer, que es un momento perfecto para compartir. Instantes inolvidables.Sin embargo este tiempo cambia tan rápido como mi estado de ánimo, pero me llena el corazón, porque hay algo familiar en el aire. Me recuerda a mis seres queridos. Con esta neblina que provoca una bebida caliente como la que tengo en la mano, meterse en la cama y dormir tranquilamente, tal vez ahora si pueda soñar bien. Aquí puedo creer en que todo es posible. Medito entre la charla que tanto me gusta.De pronto el frio hace su entrada. En realidad siempre estuvo ahí. Escondido como un niño, esperando su momento triunfal, para que todos le pongamos atención. Lo hemos hecho. Cerramos la ventana y nos disponemos a desayunar. La compañía y las atenciones no pueden ser mejores.Mi vista no me engaña, estoy en un lugar muy distinto, a muchos kilómetros de donde mi corazón cree estar. Y me repito si querer, huele a aire de pueblo.

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